MARIA LUISA PUIGGENER

MARIA LUISA PUIGGENER

MARIA LLUISA PUIGGENER

Maria Luisa Puiggener, Antigüedades Riera

María Luisa Puiggener (1867-1921): Realismo social y presencia femenina en la pintura española de transición

Por María Luisa Puiggener

En la historia del arte español de finales del siglo XIX y comienzos del XX, la figura de María Luisa Puiggener se configura como uno de los ejemplos más relevantes de la presencia femenina en un sistema artístico profundamente condicionado por estructuras académicas y sociales de carácter excluyente. Nacida en Jerez de la Frontera en 1867 y desarrollando su actividad artística principalmente en Sevilla, su trayectoria revela una voluntad profesional sostenida, un posicionamiento crítico frente a la realidad social de su tiempo y una notable capacidad para insertarse en los circuitos oficiales de exhibición.

Durante décadas, su producción permaneció en un segundo plano dentro de los relatos historiográficos, a pesar de haber gozado de reconocimiento en vida. La recuperación reciente de su obra permite hoy reconsiderar su aportación desde una perspectiva más amplia, que atiende tanto a la calidad pictórica de su trabajo como a su dimensión social y de género.

Formación y contexto cultural

María Luisa Puiggener creció en un entorno familiar vinculado a los círculos culturales e intelectuales de su ciudad, circunstancia que facilitó su acceso temprano a la formación artística. En Sevilla se incorporó a la Enseñanza Artística de la Mujer, institución clave en el proceso de profesionalización de las creadoras a finales del siglo XIX. Posteriormente completó su aprendizaje en el taller de José Jiménez Aranda, uno de los referentes del realismo andaluz del momento.

Este doble marco formativo —académico y privado— resultó determinante para la consolidación de su lenguaje pictórico. Puiggener asimiló los principios del naturalismo y del realismo narrativo, orientando su producción hacia escenas de la vida cotidiana en las que el dibujo preciso, la composición equilibrada y la atención al gesto y a la expresión psicológica ocupan un lugar central.

A partir de los primeros años del siglo XX, su presencia en exposiciones colectivas de Bellas Artes en Sevilla fue constante, llegando en algunas ediciones a ser la única mujer participante. Este dato, más allá de su valor anecdótico, ilustra la dificultad estructural de acceso al espacio público de exhibición para las artistas de su generación.

El realismo social como eje temático

La obra de Puiggener se inscribe de manera clara en una vertiente de realismo social que se distancia del costumbrismo pintoresco y se orienta hacia una observación empática de las condiciones de vida de los sectores populares. Sus composiciones se construyen a partir de escenas reconocibles, situadas en interiores domésticos o espacios semipúblicos, donde los personajes aparecen definidos por su condición social y por relaciones de dependencia económica o afectiva.

En pinturas como La última alhaja, la artista sitúa en primer plano a una mujer que se ve obligada a desprenderse de su última joya para garantizar la subsistencia familiar. La escena, contenida en su dramatismo, articula un discurso visual sobre la precariedad y la vulnerabilidad femenina, sin recurrir a gestos exagerados ni a una sentimentalización explícita del conflicto.

Del mismo modo, en Consulta gratis, Puiggener representa un grupo de personas humildes que esperan atención médica en un entorno modesto. La disposición de las figuras, el uso de una iluminación sobria y la ausencia de cualquier elemento anecdótico refuerzan el carácter colectivo de la escena y desplazan el foco desde el individuo hacia la problemática social compartida.

En este conjunto de obras, la pintora demuestra una notable capacidad para integrar narración y análisis social dentro de una estructura pictórica sólida, heredera de los planteamientos realistas de finales del siglo XIX.

La representación de la mujer y la afirmación profesional

Uno de los aspectos más significativos de la producción de Puiggener es su atención a la figura femenina, no solo como objeto de representación, sino como sujeto activo dentro del relato visual. Esta perspectiva adquiere especial relevancia en la obra Una artista, donde la protagonista aparece trabajando en su estudio, concentrada en su tarea y completamente ajena a la mirada externa.

La escena plantea una imagen de la mujer creadora que se aparta de los estereotipos habituales de la época. No se trata de una figura idealizada ni decorativa, sino de una profesional inmersa en su proceso de trabajo. La pintura puede leerse, en este sentido, como una declaración implícita sobre la legitimidad de la mujer en el ámbito artístico y sobre la necesidad de reconocer su papel dentro del sistema de producción cultural.

La propia firma de la autora, utilizada en ocasiones de forma abreviada, provocó en su momento confusiones respecto a su identidad de género, lo que pone de manifiesto hasta qué punto la autoría femenina seguía siendo cuestionada en los circuitos críticos y expositivos.

Reconocimiento institucional y proyección exterior

La carrera de María Luisa Puiggener estuvo acompañada por una recepción favorable en certámenes y exposiciones oficiales. Obtuvo premios y menciones en distintos concursos artísticos, participó en exposiciones nacionales y logró proyectar su obra en muestras internacionales de gran relevancia.

Su pintura El bibliófilo, por ejemplo, fue reconocida en diferentes certámenes y presentada en una importante exposición internacional a comienzos del siglo XX. Estas participaciones demuestran que su obra no se limitó a un ámbito local, sino que se integró en los debates estéticos de su tiempo, particularmente en torno a la vigencia del realismo narrativo frente a los lenguajes emergentes de la modernidad.

Asimismo, su presencia en exposiciones colectivas dedicadas específicamente a mujeres artistas constituye un hito temprano en la visibilización del trabajo femenino en el ámbito de la pintura en España.

Relecturas contemporáneas y lugar en la historiografía

Durante gran parte del siglo XX, la figura de Puiggener permaneció al margen de los relatos canónicos de la pintura española. La dispersión de sus obras y la escasa atención historiográfica contribuyeron a una prolongada invisibilidad.

La revalorización reciente de su producción, impulsada por investigaciones académicas y por la incorporación de algunas de sus obras a importantes colecciones públicas, ha permitido situar su trabajo dentro de una genealogía más compleja del realismo español. Esta revisión no responde únicamente a una voluntad de corrección histórica, sino a la constatación de la calidad formal y conceptual de una obra que articula de manera coherente representación, crítica social y reflexión sobre el papel de la mujer en la cultura visual.

María Luisa Puiggener emerge hoy como una figura clave para comprender los procesos de profesionalización femenina en la pintura de entresiglos y, al mismo tiempo, como una artista capaz de construir un discurso visual sensible y comprometido con las transformaciones sociales de su tiempo. Su obra, lejos de limitarse a una lectura testimonial, se presenta como un espacio de negociación entre tradición realista, conciencia social y afirmación de la identidad profesional de la mujer artista.

LLUÍS BONIFÀS I MASSÓ

LLUÍS BONIFÀS I MASSÓ

LLUÍS BONIFÀS I MASSÓ

Lluís Bonifàs i Massó, Antigüedades Riera

Lluís Bonifàs i Massó: Transición escultórica entre el Barroco tardío y el Rococó en Cataluña

Resumen

El escultor Lluís Bonifàs i Massó (Valls, 1730 – 1786) constituye una figura clave en la escultura catalana del siglo XVIII. Formado en el seno de una influyente familia de escultores, su obra articula con singular equilibrio las formas del barroco tardío con los lenguajes ornamentales del rococó, sin ignorar los primeros ecos del neoclasicismo. Este artículo aborda su contexto formativo, sus principales obras —tanto conservadas como desaparecidas— y su rol como referente en la consolidación de la escuela escultórica de Valls, subrayando su importancia en el proceso de modernización del arte religioso catalán en el Setecientos.

1. Contexto histórico y formación

Lluís Bonifàs i Massó, también conocido en castellano como Luis Bonifás y Massó, nació en Valls (Alt Camp, Tarragona) en 1730, en el seno de una familia de escultores activos desde el siglo XVII. Su abuelo, Lluís Bonifàs Sastre, fue el fundador de un importante taller que, con el tiempo, se consolidó como una de las escuelas escultóricas más destacadas de Cataluña.

Formado desde joven en este ambiente artesanal, Lluís Bonifàs perfeccionó su técnica en el taller familiar, donde aprendió tanto el arte del tallado como los recursos compositivos del retablo barroco. Su talento le permitió presentar en 1763 una obra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid): un relieve en alabastro titulado Sant Sebastià guarit per Santa Irene i Santa Llúcia, que le valió el nombramiento de académico de mérito.

2. Estilo y lenguaje escultórico

La obra de Bonifàs se inscribe en un periodo de transición estilística. Su producción es heredera del barroco tardío, pero introduce elementos decorativos y formales del rococó, especialmente en el tratamiento de las superficies, la gestualidad de las figuras y la estructura de los retablos. Además, anticipa ciertas pautas del neoclasicismo emergente, particularmente en la claridad compositiva y la contención narrativa.

Entre las características más notables de su estilo destacan:

Una clara ornamentación rococó, visible en la riqueza de los detalles, la fluidez de las formas y el uso de curvas ornamentales.
La capacidad para componer escenas de gran dinamismo emocional, equilibrando la teatralidad barroca con una delicadeza más moderna.
Una destacada habilidad para el relieve escultórico, en el que narra escenas religiosas con precisión narrativa y profundidad psicológica.
Un dominio técnico que le permite integrar escultura, arquitectura y pintura en retablos de composición unitaria.

3. Obras principales

3.1. Obras desaparecidas

Gran parte de la producción de Bonifàs fue destruida durante la Guerra Civil Española, lo que dificulta una valoración completa de su legado. Entre las obras perdidas más relevantes se encuentran:

La sillería del coro de la catedral de Lleida (1775–1779), con más de 150 relieves tallados en madera.
El retablo mayor de la iglesia de Sant Miquel del Port (Barceloneta, Barcelona).
Diversos retablos en la ciudad de Valls, como los de La Mare de Déu dels Dolors, La Victòria y Sant Ramon Nonat.

3.2. Obras conservadas

A pesar de estas pérdidas, subsisten ejemplos significativos que permiten apreciar su maestría:

El relieve de Sant Sebastià curat per Santa Irene i Santa Llúcia (1763), conservado en Madrid.
La imagen de Sant Aleix (1769), en Valls, obra de escultura exenta de fuerte carácter ascético.
Los pasos procesionales de La Soledat (1775) y el Davallament de la Creu (1766), ambos también en Valls.
La litera de l’Assumpció de la Mare de Déu (1773), conservada en la catedral de Girona, destacada por su composición dinámica y virtuosismo técnico.

4. Legado e influencia

Lluís Bonifàs fue el máximo exponente de la escola de Valls, un foco escultórico regional que adquirió notable relevancia durante el siglo XVIII. Su capacidad de síntesis entre tradición y renovación estilística lo convierte en un referente para generaciones posteriores de escultores catalanes.

Su labor trascendió lo puramente artístico: organizó el trabajo del taller familiar de manera casi protoindustrial, con discípulos y colaboradores que mantuvieron viva la producción escultórica en Valls incluso tras su muerte. Su papel como transmisor de oficio fue tan significativo como su obra personal.

5. Valoración crítica

A pesar de su reconocimiento local, la figura de Bonifàs ha sido, durante largo tiempo, injustamente marginada en los relatos historiográficos de la escultura española. Esto se debe, en parte, a la dispersión y pérdida de gran parte de su obra, pero también a su adscripción a un estilo (el rococó) que ha sido frecuentemente subvalorado frente al clasicismo académico.

No obstante, recientes estudios sobre escultura catalana del siglo XVIII reivindican su papel central como artista de transición y como figura decisiva en la evolución del arte religioso en Cataluña.

6. Conclusión

Lluís Bonifàs i Massó representa uno de los últimos grandes escultores del barroco catalán, al mismo tiempo que anticipa el espíritu ilustrado del neoclasicismo. Su obra, profundamente religiosa, técnicamente refinada y estilísticamente híbrida, constituye un testimonio fundamental para comprender la escultura catalana del Setecientos.

Más allá del impacto de sus obras concretas, su legado perdura en la consolidación de una escuela escultórica local, en la transmisión del oficio escultórico y en su contribución a una modernización formal que enlazó tradición y vanguardia en un momento crucial del arte europeo.

Bibliografía recomendada

Ainaud de Lasarte, J. Escultors catalans del segle XVIII. Barcelona: Editorial Barcino, 1965.
Sureda, J. L’art a Catalunya al segle XVIII. Barcelona: Enciclopèdia Catalana, 1990.
Madurell i Marimon, J. La escultura religiosa catalana en el siglo XVIII. Barcelona: CSIC, 1972.
Diversos autores. Diccionari d’Historiadors de l’Art Catalans, Valencians i Balears. Barcelona: UAB, 2010.

MARIÀ FORTUNY

MARIÀ FORTUNY

MARIÀ FORTUNY

Marià Fortuny, Antigüedades Riera

Mariano Fortuny Marsal: Pintura, arqueología visual y modernidad anticipada

Pocos pintores del siglo XIX han despertado tanto interés y controversia como Mariano Fortuny Marsal (Reus, 1838 – Roma, 1874). Su producción, breve pero extraordinariamente influyente, ocupa un lugar singular entre el romanticismo tardío, el orientalismo y las primeras manifestaciones de una modernidad pictórica que aún no se nombraba como tal. Maestro de la luz, del detalle minucioso y del preciosismo técnico, Fortuny fue también un observador agudo de su tiempo, capaz de conjugar en su obra una arqueología del pasado con una intuición plástica profundamente innovadora.

El virtuosismo formativo y la temprana consagración

Fortuny se formó en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y posteriormente en la Academia Española en Roma, donde su contacto con la Antigüedad clásica, el Renacimiento y los grandes maestros del barroco dejó una huella decisiva. Su estancia en Marruecos, financiada por el gobierno español para documentar la Guerra de África (1859–60), le permitió desarrollar una paleta luminosa y una sensibilidad cromática que marcaría profundamente su obra posterior.

Los cuadros derivados de esta experiencia, como La batalla de Tetuán (1862–64), no sólo destacan por su detallismo casi fotográfico, sino por una mirada compleja que no se limita a la exaltación patriótica: en ellos conviven lo épico y lo anecdótico, lo heroico y lo humano, con un tratamiento de la luz que remite más a Velázquez que a los relatos oficiales.

Orientalismo, exotismo y mirada crítica

Fortuny fue uno de los principales exponentes del orientalismo pictórico, aunque su obra escapa a las simplificaciones del exotismo decorativo. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, su mirada sobre el mundo árabe-mediterráneo no se construye desde la mera fantasía romántica, sino desde la observación directa y una cierta voluntad etnográfica. Obras como El vendedor de tapices (c. 1870) o El coleccionista de antigüedades revelan una sensibilidad ambigua: por un lado, la fascinación por lo exótico; por otro, una crítica implícita a la obsesión europea por la acumulación y apropiación de lo “otro”.

En este sentido, Fortuny puede considerarse un precursor de las tensiones que, más tarde, las vanguardias cuestionarían en torno a la representación del “Oriente” como construcción cultural. Su orientalismo, aunque aún inscrito en las estructuras coloniales de su época, introduce una capa de ironía e incluso de metapintura que complejiza la relación entre artista, modelo y espectador.

Técnica, miniaturismo y modernidad pictórica

Si algo caracteriza la pintura de Fortuny, más allá de su temática, es el dominio absoluto de la técnica. Su pincelada puede ser extremadamente minuciosa, casi miniaturista, pero nunca pierde la vivacidad. En obras como La elección de la modelo o El pintor y la modelo, su maestría alcanza un grado de virtuosismo que desafía las convenciones del academicismo sin romper completamente con ellas.

Fortuny cultivó el «cuadro de gabinete», de pequeño formato y exquisita factura, en una época dominada aún por las grandes composiciones históricas. En ello anticipa una sensibilidad moderna que valorará el fragmento, lo íntimo, lo efímero. Su trabajo en grabado —disciplinado, experimental y técnicamente refinado— contribuyó también a consolidar una visión del arte como laboratorio formal, más allá del relato.

Un puente hacia el impresionismo

Aunque Fortuny murió prematuramente a los 36 años, su obra influenció decisivamente a numerosos artistas posteriores, incluidos los impresionistas franceses y la generación de Joaquín Sorolla. De hecho, su tratamiento de la luz natural, su uso del color y su interés por lo atmosférico lo convierten en una figura de transición clave entre la pintura romántica y los nuevos lenguajes de la modernidad. Si bien no rompió con el ilusionismo, lo tensó hasta sus límites.

En su pintura se encuentra el germen de la desmaterialización pictórica: las superficies vibrantes, la disolución de la forma en luz, la pintura como atmósfera. A pesar de su muerte temprana, Fortuny dejó una huella que se extiende mucho más allá del marco cronológico del siglo XIX.

Conclusión: el esplendor interrumpido

Mariano Fortuny Marsal representa una de las cumbres del arte español del siglo XIX, no solo por su virtuosismo técnico, sino por su capacidad para capturar una sensibilidad en transformación. Su pintura articula lo sublime y lo cotidiano, lo arqueológico y lo moderno, lo histórico y lo íntimo. Lejos de ser un simple decorador o cronista de lo exótico, Fortuny fue un artista consciente de las tensiones de su tiempo, un creador que entendió que la belleza no se opone a la complejidad, sino que la encarna.

A más de 150 años de su muerte, su obra sigue invitando a pensar el arte como un espacio de transición entre el ojo, la historia y la materia.

JAVIER WINTHUYSEN

JAVIER WINTHUYSEN

JAVIER WINTHUYSEN Y LOSADA

Javier Winthuysen, Antigüedades Riera

Javier Winthuysen: Donde la Luz Toca la Tierra

Javier Winthuysen Losada sobresale en la historia del arte español como un creador que fusionó la pintura y el diseño de jardines en una obra profundamente vinculada con el paisaje y la belleza natural.

Raíces e Influencias

Nacido en una familia de ascendencia flamenca afincada en el Puerto de Santa María, Winthuysen se formó inicialmente en Sevilla con los pintores José Arpa y Gonzalo Bilbao. Fue cofundador de la efímera Escuela Libre de Bellas Artes de Sevilla y se rodeó de figuras literarias como Juan Ramón Jiménez, los Machado, Rafael Alberti y Sorolla, quienes lo impulsaron hacia una doble faceta: artista del color y estudioso del jardín.

Pintor de Paisajes y Jardines

Sus viajes a París en 1903 y 1912 lo acercaron al impresionismo franco y al postimpresionismo, influyendo notablemente en su obra. Desde 1915, en Madrid, retrata jardines de la mano de figuras como Rusiñol y Sorolla, en la Institución Libre de Enseñanza.

Su pintura se caracteriza por:

  • Época sevillana: paisajes andaluces y jardines mediterráneos iniciales.

  • Época mediterránea (post-Guerra Civil): obras más densas y llenas de luz mediterránea, creadas entre Barcelona e Ibiza.

Varias de sus pinturas integran colecciones del Reina Sofía, los museos de Sevilla, Valencia, Hervás y Jaén.

Arquitecto de Jardines Históricos

Winthuysen fue pionero en la valorización de los jardines históricos como patrimonio. Desde los años 20, documentó jardines como Abadía, El Escorial o La Granja, obra archivada en el Real Jardín Botánico de Madrid.

En 1930 publicó Jardines Clásicos de España‑Castilla, recibiendo una Medalla de Oro de la Sociedad de Horticultura. Asimismo, fue nombrado Inspector General de Jardines por la Dirección General de Bellas Artes y restauró numerosos espacios en Moncloa, Valencia, Madrid o Gijón.

Ibiza y Final de Trayectoria

Tras la guerra, ganó el cargo de inspector de jardines bajo el franquismo y se instaló en Barcelona. Desde la década de 1940 pintó y diseñó jardines en Ibiza y Santa Eulària, capturando la luz y la vegetación local en obras cautivadoras.

Legado y Reconocimientos

  • Su obra fue celebrada en exposiciones como la del Real Jardín Botánico de Madrid en 1986.

  • Sus proyectos como jardinero aparecen en jardines emblemáticos: Palacio de la Moncloa, Monforte (Valencia), Parador de Ciudad Rodrigo, Universidad de Gijón y más.

  • En 2004 se inauguró el Jardín Botánico Xavier de Winthuysen en Zaragoza, con su nombre y un monolito conmemorativo.

  • Su documentación está resguardada en el CSIC, y su importancia museística es permanente.

Conclusión

Javier Winthuysen y Losada encarnó una visión integral del arte y la naturaleza. Su pintura aporta sensibilidad impresionista a los paisajes, mientras sus proyectos paisajísticos consolidan una tradición conservacionista de los jardines. Artista, jardinero, teórico y docente, su trabajo sigue iluminando el camino entre pinceles y parterres.

ABANICOS DE CANTÓN

ABANICOS DE CANTÓN

CHINA EN LA PALMA

Abanico cantonés en madera lacada, siglo XIX, Antigüedades Riera

Susurros de Oriente: el esplendor de los abanicos del siglo XIX

Origen y contexto histórico
Fabricados principalmente en Cantón (Guangzhou) y exportados a Europa durante la segunda mitad del siglo XIX. Respondían a una auténtica «fiebre oriental» en Europa: su elaborada factura los hacía símbolos de estatus en la alta sociedad occidental.

Materiales y técnicas constructivas
Varillaje: en madera lacada, marfil o hueso tallado, fino, calado y a menudo lacado en negro orlado con dorado o rojo.
País: papel o seda pintados a gouache con meticulosas escenas cotidianas, personajes con caras en nácar o hueso, y ropajes en seda real.
Técnicas combinadas: uso de nácar, aplicaciones de tela, tallado en hueso o marfil, incrustaciones de carey, prata, seda… Esta fusión de materiales daba efecto tridimensional.

Estética e iconografía
Las escenas muestran plazas, paisajes fluviales, personajes múltiples —de ahí su nombre «mil caras»— con ricos detalles en bordes florales o motivos orientales.
Se evidencia una influencia de las técnicas europeas: se aprecian estilos de pintura occidental como el claroscuro, mezcla de motivos tradicionalmente chinos e innovación pictórica.

Producción en masa y exportación
Desde el reinado de Daoguang (1821‑1850), la producción se hizo muy industrializada: más de 200 talleres y más de 2.000 artesanos en ciudades como Rongchang, con una producción anual estimada de 4 millones de abanicos.
Estas piezas estaban cuidadosamente montadas y muchas venían con su propia caja, signo de prestigio y situación para exportación.

Conservación y valor actual
Varios ejemplares se conservan en museos, como el Museo del Romanticismo de Madrid, o han sido subastados en Europa (España, Francia) y en galerías especializadas.
Su condición actual puede variar: roturas en varillas, restauraciones en el país. Algunos alcanzan precios desde unos cientos hasta miles de euros.

Conclusión
Los abanicos cantonés del siglo XIX representan una confluencia fascinante entre las tradiciones chinas y la demanda estética europea. Fáciles de transportar y densamente trabajados, combinaron artesanía local en marfil, nácar y seda con innovaciones pictóricas según gustos extranjeros. Un ejemplo destacado de artes aplicadas y la dinámica de los intercambios culturales en la era Qing.